MIS HISTORIAS

¿Para qué llevarse una pintura a una isla desierta?

La pregunta parece estúpida y realmente puede serlo, aunque no veo el problema de asumirla como tal. En ocasiones, la estupidez puede ser un terreno fértil y provechoso. Veamos qué puede depararnos la cuestión y elaboremos razones con inmediatez y aparente superficialidad, como quien no quiere la cosa.

Razón 1. El tiempo dedicado a mirar una pintura es directamente proporcional al sentido y significado de la misma. La percepción apresurada que empleamos en nuestra vida diaria, como hojear el periódico mientras tomamos un café, mirar escaparates por mirar, ver cagar a un perro en la calle… no debe utilizarse en tales casos, pues pasaríamos por alto innumerables detalles. Toda percepción necesita tiempo y atención. Y además, una pintura es un objeto para mirar, a no ser que queramos dotarlo de otros usos contrarios a unas mínimas pautas de comportamiento (aunque éstas bien podrían no ser tenidas en cuenta si el caso resultara sangrante en su mediocridad).

Razón 2. En una isla desierta tenemos todo el tiempo del mundo, sobre todo para mirar: al mar; al horizonte; a las olas que vienen y van; a un coco que cae al suelo; a las piedras calentadas por el sol y por qué no, a una pintura. En nuestro particular caso no resulta aconsejable una marina, como es evidente, y tal vez debemos inclinarlos por una pintura de carácter abstracto, buscando deambular en otras percepciones que las reales para evitar comparaciones con la realidad. (Es cierto que las comparaciones siempre son odiosas, aunque a veces también pueda serlo la realidad en sí misma y no digamos la realidad del arte que aunque no tanto como odiosa confieso que me despista y me sumerge, en ocasiones, en un profundo desasosiego, pero sobre todo me resulta contradictoria como sistema, con una extraña coherencia azarosa que va dando tumbos como un borracho irreverente que canta a las farolas y persigue cantos de sirenas, en muchos casos, desafinadas).

Razón 3. Desde luego, las necesidades de cada cual, tanto materiales como espirituales, son diversas y nunca tendremos la seguridad de saber qué es lo fundamental para una u otra persona y qué va a ser tan importante como para llevarnos a una isla. Y seamos sinceros: hay personas a quienes el arte le importa un carajo. Es cierto que alguien podría emplear una pintura como improvisado tejado, lo cual sería muy práctico, no cabe duda, pero deberemos ser fuertes y sobreponernos a lo inmediato sabiendo de otras necesidades más ocultas pero no por ello innecesarias. Para algunas personas la contemplación de «objetos de mirar» resulta liberadora y fascinante (sí, amigos míos) y aún a pesar de no saber el por qué: quizá la explicación a este fenómeno resulte ser la incertidumbre o la falta de una definición clara y tantas otras cosas más, incluida la búsqueda de la belleza, en las que ahora no vamos a detenernos.

Razón 4. Acostumbrados como estamos en esta sociedad consumista a que todo resulta necesario e imposibilitados para visit sin ningún tipo de ocio o de entretenimiento tecnológico, caeríamos en la locura más terrible al carecer de un enchufe al que conectar nuestros reproductores, ordenadores o consolas (para consolarnos, no hay duda, curioso nombre). Por tanto llevarse una pintura (o dos, o más) no debe resultar extraño y además no consume energía alguna. (Me veo en la obligación de aclarar que los libros tampoco consumen energía, y de esta forma se nos considere buenos y correctos ciudadanos, aunque existen libros nefastos y contraproducentes que mejor sería arrojar a una hoguera y así al menos calentarnos las manos en un frío y duro día de invierno).

Razón 5. Parece obvio que en una isla nos sobra tiempo para la contemplación. ¿Podría parecer suficiente para apaciguar nuestra alma? Error. Irremediablemente, la grandilocuencia de la naturaleza nos superaría, pues la materia del mundo en movimiento es impredecible y en cierta manera, nos incomoda. Nos sentiríamos insignificantes en medio del océano, del mundo, del universo, volviéndonos pequeños y más pequeños y aún más pequeños, si cabe. Necesitaríamos un espacio más acotado para sumergirnos en reflexiones menos infinitas y que no estén fuera de nosotros mismos pues podríamos llegar a (permítaseme un instante poético) desaparecer ante la desolación de la belleza.

Aquí es, por tanto, donde entraría el espacio del arte y la pintura como producto (o reducto) creado por una persona, a pesar de contener pequeñas «infinitudes» y enigmas, aunque sucesos, al cabo, aparecidos por mano de alguien, con sus virtudes y defectos, que afloran como producto humano, finalmente reafirmándonos como lo que somos o creemos ser.

Final. ¿Me llevaría una pintura de M. Penín a un isla desierta? La respuesta es afirmativa. Pasaría por su estudio y le diría que necesito una pintura o dos para llevarme a una isla desierta. Una pintura reveladora y misteriosa, nada evidente y con la posibilidad de lecturas múltiples, que me la envolviera y me las cobrara. Y así, me despediría dándole las gracias y encaminándome como alma que lleva el diablo rumbo a cualquier isla perdida para no pensar en el mundo moderno, pero, sobre todo, para olvidarme de ese arte que se dice con mayúsculas y que se ha vuelto burocrático, soso y aburrido.

—Rosendo Cid

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